El primer día de clases

Ante el primer día de guardería o de preescolar, según haya sido tu elección, lo primero con lo que te vas a encontrar es con tus propios miedos. El coco no está afuera,  sino dentro de nosotros, sentimos miedo a despegarnos de nuestros hijos, a  no saber cómo los van a tratar, a que la maestra no sabe que cuando se cae y se hace un raspón se le canta “sana, sana, colita de rana”, se le da un beso sobre la herida y todo

se quita. Tenemos miedo a las situaciones que les puedan ocurrir y no estar a su lado para ayudarlos, no está mamá para cargarlos y reconfortarlos  ante momentos de frustración,  sabrán ellos defenderse, cómo le van expresar a la maestra como se sienten si su lenguaje y sus ojos solo los sabemos entender nosotras, el miedo no es que otro niño lo muerda y lo empuje el miedo es el no estar presente para evitar que eso suceda, el miedo fundamental radica en que nuestros hijos piensen que los hemos abandonado…

No sabemos si entienden que papá y mamá regresan en apenas unas horas, no sabemos cómo explicarles que van a ir a hacer amigos, que además van a hacer cosas más divertidas que las que podemos hacer en casa, que van a desarrollar destrezas y habilidades nuevas que los van a ayudar a crecer. No sabemos si hicimos la mejor elección con ese centro, no sabemos si es el momento oportuno, si debió ser antes o por el contrario si debíamos esperar a que fueran más grandes.  Tenemos muchas dudas y muy pocas respuestas, sólo una verdad grande que nos hará fuertes en este y en muchos otros momentos como este es: “Lo que hacemos lo  hacemos por su bien”.

Posiblemente llorarás como una “Dumbo” cada mañana cuando lo dejes en el colegio, quizás te escondas en algún lugar para poder ver cómo  está tu bebé, si llora o si dejó de llorar, quizás veas el reloj cada 10 minutos pensando que si te descuidas se te pasa la hora de buscarlo en el colegio. Quizás sigas dejando de hacer muchas cosas porque no sabes cuánto tiempo te puedan llevar y si te dará tiempo de hacerlo antes de la hora de la salida o simplemente debes estar disponible por si te llaman para que lo busques antes por alguna emergencia. Seguramente te escudarás detrás de su primera gripe para no llevarlo unos días mientras se recupera, posiblemente llenes el celular de la maestra con mensajes y preguntas de cómo va el día. Si llueve te vas a preocupar tanto como si hace calor. Estarás ansiosa por revisar la lonchera y ver si comió o no comió. Buscarás como loca las notas de la maestra en el cuaderno de enlace. Si se irrita su colita pensarás que no lo cuidan como tú, si abraza a la maestra te pondrás iracunda pensando que estas compartiendo tu más grande amor con otra. Podríamos seguir enumerando un sinfín de situaciones y todas, lee bien, todas son perfectamente normales. No estás enloqueciendo, no eres obsesiva, no eres sobreprotectora, simplemente eres MAMÁ y tienes miedo aunque no lo expreses.

Quizás solo esperas  que alguien te diga  -tranquila, todo va a estar bien- y en efecto lo estará porque los niños son muy sabios y luego de los primeros días ya van a saber que después  de una actividad específica mamá llega a buscarlo y lo colma de besos y atenciones como siempre. Luego de esos primeros días duros de adaptación, los pequeños nos enseñan que son fuertes, que son flexibles y se adaptan a situaciones con mucha más facilidad de la que podemos tener los adultos,  esos chiquiticos, ya no tan indefensos, se sienten dueños del mundo y nos van a enseñar que no hay por qué tener  miedo a jugar sólo en el parque, que si se caen basta con sacudirse los pantalones y quitarse la tierra. Nos van a enseñar que tener amigos de su edad es divertido,  que aprendieron a  compartir, que sus diferencias las arreglan entre ellos y que se pueden perdonar con un abrazo y seguir jugando como si nada hubiera sucedido. Sentarse en la mesa a desayunar los hace sentir como en casa, que su familia creció.  Una vez que saben dónde va cada cosa se pueden sentir cómodos, que ese lugar también es de ellos y que hay mucha gente que los puede ayudar. Te llenarán de orgullo con cada palabra aprendida, cuando por primera vez identifiquen los colores, cuando vean una vocal y te enseñen ellos qué letra es esa. Te llenarán de lágrimas los ojos en cada acto escolar, en el que te demuestren que no tienen pena de cantar en público y que siempre buscarán tu mirada para sentirse tranquilos. Recibirás los mejores regalos hechos por esas manitas chiquiticas con un Mamá torcido pero escrito de su puño y letra.

Te enseñarán que cada nivel aprobado será un logro compartido porque al final siempre estarás allí, escondida en algún rincón, para asegurarte que tu pequeño quizás ya no tan pequeño estará bien.

Autor entrada: Yoly Soledad Perez Albuysech

Mujer, madre, psicólogo de profesión y publicista de vocación.
Fiel creyente de la importancia del buen trato a los niños en la sociedad y luchadora por el empoderamiento de la mujer en su vida.

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