Hija de la Luna

Como buena hija de la luna, la maternidad siempre fue parte importante de mí.

Corría el mes de Junio  del 2011 cuando supe (sin prueba de embarazo) que estaba embarazada.

En ese entonces vivía el cuento de hadas que todas vivimos al inicio de una relación.

Pero, como todo cuento de hadas… llegó el colorín colorado.

Mi embarazo fue hermoso y complicado; maravilloso, pero con días grises y de mucha tensión, fue un sueño hecho realidad, con el contraste de otra realidad distinta a la que esperaba.

La certeza de una relación que no avanzaba junto al agravante de que no existiría participación paterna en la crianza, provocó desde la semana 21 perdida de líquido con contracciones y la posibilidad de perderla.

Fue entonces cuando, con la valentía que la maternidad nos obsequia desde el día de la concepción, decidí emprender el camino de la  maternidad en solitario con el amor y la fuerza que sólo un hijo te otorga.

Lo impactante y maravilloso de esa decisión fue, que desde ese mismo instante, me sentí libre, dueña de mi destino y capaz de ofrecer a mi hija una vida tranquila, donde reinara el amor y sin el terrible sinsabor de una paternidad “por compromiso”.

Aunque la decisión estaba tomada y asumida desde la paz y certeza que era la mejor decisión, decirlo en voz alta fue difícil.

La primera reacción de la familia fue una cara de preocupación que no duró más de dos minutos, seguidos de una reacción de apoyo y solidaridad que aun hoy me otorga calma.

Así, llegó el día más esperado: el nacimiento de mi Camila! Siempre pensé que ese día me afectaría no tener a su papá con nosotras… nada más lejano.

Con 38 semanas llegamos a la clínica a nuestro control semanal…y sorpresa! El líquido estaba por debajo del mínimo! Así que nos tocó cesárea de emergencia! A correr!

Envié de inmediato mensaje grupal a la familia  y a los 20 minutos escuché los tacones de mi hermana en el pasillo, uno a uno llegaron mis hermanos, de sangre y  de la vida,  mis padres… mis amigos… y mi Camila a las 5:55pm.

El dolor de la cesárea fue un paseo por las nubes comparado con la tensión que sentí al momento de llenar los papeles de registro de nacimiento.

La vulnerabilidad de las horas posteriores al parto y la responsabilidad de tener en mis manos “el poder” de decidir el nombre y los apellidos de mi hija, y que eso, de alguna manera definiera muchas cosas de su futuro, fue algo muy difícil.

Como todas las decisiones que he tomado en mi vida, acertada o no, opté por lo que me pareció más lógico y aquello que en cualquier momento pudiera modificarse, en caso de que así se decidiera. Hoy en día Camila lleva mis dos apellidos.

El nacimiento de Camila significó, además del día más feliz de mi vida, el inicio de una nueva vida. Significó tomar la decisión de ser “La Mae de Camila” con honor, con orgullo, con la felicidad como estilo de vida, con el amor como premisa, con dedicación más que compromiso y con la promesa de que jamás Camila sentiría que había un algo que faltaba en su vida, al contrario siempre sobraría amor.

Con esta certeza comprendí que jamás estaríamos solas, y la vida me lo demostró, pues cada vez que miraba a un lado de la habitación tenía una cara amiga, un brazo de apoyo y muchos corazones que latían a nuestro ritmo.

Y  así ha sido nuestra vida, día tras día, una bendición tras otras, el sentirnos siempre que somos una parte de la otra y la vez, parte de una hermosa familia (de sangre y de amor).

Somos inmensamente felices! Si, ser una familia monoparental y ser felices es posible!

El secreto? asumir las situaciones conforme se van presentando, entender que cada persona es libre de tomar la decisión que quiera; así no sea la correcta; perdonar, seguir adelante, superar! pero por encima de todas las cosas agradecer a Dios y la vida cada día por ese ser maravilloso que me llama: Mamá! 

, la maternidad siempre fue parte importante de mí.

Corría el mes de Junio  del 2011 cuando supe (sin prueba de embarazo) que estaba embarazada.

En ese entonces vivía el cuento de hadas que todas vivimos al inicio de una relación.

Pero, como todo cuento de hadas… llegó el colorín colorado.

Mi embarazo fue hermoso y complicado; maravilloso, pero con días grises y de mucha tensión, fue un sueño hecho realidad, con el contraste de otra realidad distinta a la que esperaba.

La certeza de una relación que no avanzaba junto al agravante de que no existiría participación paterna en la crianza, provocó desde la semana 21 perdida de líquido con contracciones y la posibilidad de perderla.

Fue entonces cuando, con la valentía que la maternidad nos obsequia desde el día de la concepción, decidí emprender el camino de la  maternidad en solitario con el amor y la fuerza que sólo un hijo te otorga.

Lo impactante y maravilloso de esa decisión fue, que desde ese mismo instante, me sentí libre, dueña de mi destino y capaz de ofrecer a mi hija una vida tranquila, donde reinara el amor y sin el terrible sinsabor de una paternidad “por compromiso”.

Aunque la decisión estaba tomada y asumida desde la paz y certeza que era la mejor decisión, decirlo en voz alta fue difícil.

La primera reacción de la familia fue una cara de preocupación que no duró más de dos minutos, seguidos de una reacción de apoyo y solidaridad que aun hoy me otorga calma.

Así, llegó el día más esperado: el nacimiento de mi Camila! Siempre pensé que ese día me afectaría no tener a su papá con nosotras… nada más lejano.

Con 38 semanas llegamos a la clínica a nuestro control semanal…y sorpresa! El líquido estaba por debajo del mínimo! Así que nos tocó cesárea de emergencia! A correr!

Envié de inmediato mensaje grupal a la familia  y a los 20 minutos escuché los tacones de mi hermana en el pasillo, uno a uno llegaron mis hermanos, de sangre y  de la vida,  mis padres… mis amigos… y mi Camila a las 5:55pm.

El dolor de la cesárea fue un paseo por las nubes comparado con la tensión que sentí al momento de llenar los papeles de registro de nacimiento.

La vulnerabilidad de las horas posteriores al parto y la responsabilidad de tener en mis manos “el poder” de decidir el nombre y los apellidos de mi hija, y que eso, de alguna manera definiera muchas cosas de su futuro, fue algo muy difícil.

Como todas las decisiones que he tomado en mi vida, acertada o no, opté por lo que me pareció más lógico y aquello que en cualquier momento pudiera modificarse, en caso de que así se decidiera. Hoy en día Camila lleva mis dos apellidos.

El nacimiento de Camila significó, además del día más feliz de mi vida, el inicio de una nueva vida. Significó tomar la decisión de ser “La Mae de Camila” con honor, con orgullo, con la felicidad como estilo de vida, con el amor como premisa, con dedicación más que compromiso y con la promesa de que jamás Camila sentiría que había un algo que faltaba en su vida, al contrario siempre sobraría amor.

Con esta certeza comprendí que jamás estaríamos solas, y la vida me lo demostró, pues cada vez que miraba a un lado de la habitación tenía una cara amiga, un brazo de apoyo y muchos corazones que latían a nuestro ritmo.

Y  así ha sido nuestra vida, día tras día, una bendición tras otras, el sentirnos siempre que somos una parte de la otra y la vez, parte de una hermosa familia (de sangre y de amor).

Somos inmensamente felices! Si, ser una familia monoparental y ser felices es posible!

El secreto? asumir las situaciones conforme se van presentando, entender que cada persona es libre de tomar la decisión que quiera; así no sea la correcta; perdonar, seguir adelante, superar! pero por encima de todas las cosas, agradecer a Dios y la vida cada día por ese ser maravilloso que me llama: Mamá! 

Autor entrada: Adriana Alfonzo Herrera

Mujer. Madre. Socióloga. Locutora.
Aprendiendo a ser mamá día a día y de la mano de una experta: Camila, mi hija de 5 años. Completamente convencida de que la maternidad, no nos limita como mujeres, nos potencia!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *