Los niños y los límites o los niños y los castigos

Desde que nos dedicamos a acompañar a los padres y madres en este proyecto, nos ha llamado poderosamente la atención  la falta de diferenciación entre límites y castigos. Pareciera que, el límite llevara implícitamente un castigo con él. Sin embargo, eso no es lo planteamos acá.

Lo primero que debemos hacer es ser conscientes de las diferencias conceptuales entre un límite y un castigo.

Un límite es una división, ya sea física o simbólica. Es decir, es una línea muy delgada entre un comportamiento “aceptado” y un comportamiento que no es “aceptado”. Ahora les explicamos el por qué de “aceptado” entre comillas.

Límite no es castigo

Un castigo, por su parte, es una consecuencia generalmente negativa que ocurre cuando un comportamiento no “aceptado” se realiza.

La razón de las comillas es porque lo aceptable o no, es distinto según las experiencias y creencias de cada persona, por ejemplo; para un sujeto x algo inaceptable es tirar la basura al suelo, sin embargo, para quienes tiran la basura al suelo es una conducta aceptable.

Para un padre jugar con agua puede ser aceptable para otro no y podríamos pasar horas pensando en conductas aceptadas o no.

De allí el uso de las comillas incómodas, pues resultan particulares a cada ser humano. Por lo general llamamos aceptable a aquella conducta que no daña, perturba o molesta a la sociedad, o a lo socialmente aceptado.

Volviendo al tema. Como padres podemos establecer límites sin necesidad de recurrir a un castigo, por ejemplo; el límite es que las paredes no se rayan y se explican las razones. Si el pequeño se siente tentado a hacerlo y lo hace, no es necesario recurrir a un castigo, físico  o emocional, simplemente hacemos compañía y juntos limpiamos la pared explicándole la razón por la que no nos gusta que eso se haga. Empatizamos con el pequeño e intercambiamos zapatos. Los adultos a su posición de niños y los llevamos a ellos a nuestra posición de adultos.

¿El castigo es necesario?

Como castigo implícitamente hablando ¡no! Debemos hablar como consecuencias, no como castigos

Volvamos a definir la palabra. El castigo es una sanción, una pena o una reprimenda que se impone a una persona que ha incurrido en algún tipo de falta. Los castigos por lo general buscan funcionar como correctivo, sin embargo, el castigo no es pedagógico, no enseña. El castigo tiene la peculiaridad de que produce efectos indeseables. Los niños pequeños se revelan ante el castigo, por lo general con alguna forma de agresión, porque no tienen el suficiente grado de madurez para comprender qué es lo que hicieron mal, ni para entender por qué se considera malo.

Volvemos a las comillas, recuerdan que les comentamos que todo depende del cristal con el que se mire ¿?

El niño castigado constantemente siente miedo

El castigo supone una conducta agresiva por parte de un adulto, la misma conducta que rechazamos en los niños. El castigo genera rechazo por parte del niño y  crea resentimiento.

Últimamente se habla con frecuencia de castigos positivos, sin embargo, ese concepto está lleno de incoherencia. un castigo siempre es sanción y simplemente que no implique agresión no lo hace positivo, sigue siendo una sanción, sigue siendo algo negativo e impuesto.

Un castigo no soluciona la razón por la que el niño lleva a cabo una mala acción y perfectamente puede volver a repetirla cuando saben que no serán vistos.

Por lo tanto, podríamos decir que el castigo no enseña.

Para Marga Gutiérrez del Arroyo psicóloga infantil, el castigo:

Afecta negativamente la autoestima: un niño que es castigado continuamente puede desarrollar el sentimiento de no valer y no hacer bien las cosas.

  1. Produce ansiedad y miedos: esto a su vez puede interferir con el proceso de aprendizaje inhibiéndolo.
  2. Dependiendo de la constancia y severidad de los castigos físicos y verbales, el niño puede empezar a tener problemas de autocontrol: ya que, con el castigo, lo que en realidad aprende es a solucionar problemas por medio de la violencia y la agresión, en vez de a través de la reflexión.
  3. Disminuye la confianza del niño hacia las personas: lo que hace que se retraiga y se tienda a aislar; dificultándose la integración social.
  4. Crea una barrera en la comunicación entre padres e hijos: ya que la relación entre ambos se basa en el miedo y no en el respeto. Con el paso del tiempo, y si el método de disciplina sigue siendo el castigo físico y verbal, el miedo puede convertirse en resentimiento hacia los padres.

Finalmente, la falta de empatía y de búsqueda del origen de la conducta y el reemplazar esto por el castigo termina por crear rechazo de los pequeños hacia sus padres. Además, según la edad puede llevarlos a engañar a los adultos y perdida del respeto al adulto y sentimiento de temor hacia él.

Por otra parte, podemos causar conductas indeseables en el niño como perdida de la espontaneidad y la creatividad, los convierte en niños inseguros, temerosos y dependientes de la persona que lo castiga, pues evitan tomar decisiones que puedan ser erróneas y que puedan originar un nuevo castigo.

Autor entrada: Yoly Soledad Perez Albuysech

Mujer, madre, psicólogo de profesión y publicista de vocación.
Fiel creyente de la importancia del buen trato a los niños en la sociedad y luchadora por el empoderamiento de la mujer en su vida.

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