El mundo sigue girando, y eso también duele

ay una sensación muy particular, casi difícil de explicarle a quien no la ha vivido: la de estar detenido en el tiempo mientras todo a tu alrededor sigue avanzando sin pedirte permiso.

Tienes que salir a trabajar. Tienes que sonreír en una reunión. Tienes que seguir dando lo mejor de ti, aunque por dentro sientas que una parte tuya se quedó atrapada en las noticias de hace unos días… Y ahí aparece un miedo muy concreto, muy humano, y muy difícil de nombrar en voz alta: el miedo a que todos se hayan olvidado de lo que pasó en tu país.

Lejos pero no ausentes:

«La distancia geográfica no equivale a distancia emocional.» Para quienes están lejos de Venezuela con el corazón hecho pedazos y las manos vacías: por qué esta impotencia es real y tiene nombre, qué hacer con la culpa de estar a salvo, y cómo sostener esto sin que te consuma — sin que nadie te diga que «todo va a estar bien» cuando ambos saben que no es así.

Cuando la tierra tiembla y el mundo de un niño se rompe:

«A los niños no se les protege ocultándoles la realidad. Se les protege acompañándolos dentro de ella.» Una guía honesta para acompañar a tres tipos de niños afectados por el terremoto en Venezuela: los que lo vivieron de cerca, los que quedaron sin un adulto de referencia, y los que lo están absorbiendo desde lejos, a través de una pantalla y de la angustia de los adultos que aman. Sin frases vacías. Con lo que la psicología de catástrofes realmente recomienda.