No es cansancio. No es “fase”. No es que “ya pasará”.
Para muchas madres, la ausencia de deseo sexual es una experiencia prolongada, silenciosa y cargada de ambivalencia: por un lado, alivio (por fin, un respiro de la expectativa); por otro, extrañeza (¿cuándo fue la última vez que quise algo con el cuerpo, no con la cabeza?).
Esta falta no siempre duele —pero sí interpela. Porque revela algo más profundo: que el cuerpo ha dejado de ser un lugar de encuentro consigo misma, y se ha convertido en un espacio de entrega ininterrumpida.
Reconocerlo no es confesar una carencia. Es dar el primer paso para recuperar el derecho a la intimidad más fundamental: la que se tiene con una misma.
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