Mi hija, con apenas 7 u 8 años, me decía que en el recreo jugaba a ser “el perrito” mientras las demás niñas eran princesas. Me contó que le exigían lamerles los zapatos si quería algún día ser como ellas. Al principio no supe reconocerlo como acoso, porque no era violencia evidente, sino un juego cruel disfrazado de inocencia. Cuando alerté a la maestra, me respondió que “eran cosas de niños” y que mi hija debía aprender a defenderse sola. Esa indiferencia me enseñó que el bullying no siempre deja moretones, pero sí heridas profundas que pueden durar toda una vida.
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