No es cansancio. No es “fase”. No es que “ya pasará”.
Para muchas madres, la ausencia de deseo sexual es una experiencia prolongada, silenciosa y cargada de ambivalencia: por un lado, alivio (por fin, un respiro de la expectativa); por otro, extrañeza (¿cuándo fue la última vez que quise algo con el cuerpo, no con la cabeza?).
Esta falta no siempre duele —pero sí interpela. Porque revela algo más profundo: que el cuerpo ha dejado de ser un lugar de encuentro consigo misma, y se ha convertido en un espacio de entrega ininterrumpida.
Reconocerlo no es confesar una carencia. Es dar el primer paso para recuperar el derecho a la intimidad más fundamental: la que se tiene con una misma.
Ultimas entradas
Las mujeres que llegaron solas:
Hay mujeres que llegaron sin red, sin movimiento político detrás y sin que nadie les abriera la puerta. Y en…
Cuando el sistema educativo se convierte en el problema
Este año mi hijo me dijo que estaba cansado. No de dormir poco. Cansado de verdad. Y el origen no…
Ansiedad adolescente:
En los años 80 lo llamábamos estrés. Hoy lo llamamos ansiedad. ¿Es lo mismo con otro nombre o algo ha…
Pantallas, redes sociales y adolescentes:
Tu hijo lleva horas con el móvil y tú no sabes cómo abordarlo sin que acabe en conflicto. La ciencia…
