Hay una conversación que se repite en consultas de psicólogos, en grupos de padres y en muchas casas en silencio.
«Mi hijo ya no me cuenta nada.» «Se encierra y no sale.» «Le hablo y parece que no estoy.»
Lo que casi nadie dice después: que todo eso es exactamente lo que tiene que estar pasando.
He escrito sobre los comportamientos adolescentes que más nos preocupan — la puerta cerrada, los monosílabos, la vergüenza de que existas, los amigos por encima de todo — y lo que hay detrás de cada uno según la neurociencia del desarrollo.
Porque hay una línea entre lo normal y lo que sí merece atención. Y confundirlas cuesta caro en los dos sentidos.
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