Del teléfono fijo a la pantalla negra:

Recordemos por un momento cómo era la privacidad cuando nosotros éramos jóvenes.

En casa había un teléfono fijo. Si querías hablar con tus amigos, la estrategia militar era esconderse detrás de un mueble o meterse en un armario… Y muchos, en nuestra inocencia juvenil, hicimos un voto sagrado: «Cuando yo tenga hijos, no voy a ser así.» Hoy, años después, nos consideramos padres y madres conscientes. Pero en ese deseo legítimo de no ser invasivos, cometimos un error de cálculo monumental: confundimos respetar su privacidad con desentendernos de su mundo.