Después de escribir sobre «farmear aura», me quedé pensando en algo que no alcancé a decir del todo en ese artículo, y que creo que merece su propio espacio: la facilidad con la que hoy, como padres, decidimos que todo lo que hacen los adolescentes está mal, es absurdo, o es señal de que «están perdidos».

Vemos un video, una tendencia, una moda nueva, y en cuestión de segundos ya la clasificamos como sin sentido. Y lo hacemos, muchas veces, sin pausar ni un momento a preguntarnos: ¿y nosotros, a esa edad, qué hacíamos?

Se nos olvida muy rápido

Cuando éramos jóvenes, también hacíamos cosas para llamar la atención. También nos subimos a modas que, vistas hoy, nos parecen absurdas. Existían los punks, con sus crestas y su ropa rota, defendiendo una identidad y una postura frente al mundo que a muchos adultos de su época les parecía una locura sin ningún sentido. Existían los darks o góticos, vestidos de negro de pies a cabeza en pleno verano, buscando pertenencia en una estética que sus propios padres no entendían.

En Latinoamérica, toda una generación vivió el fenómeno de los floggers: adolescentes con jeans entubados, flequillos larguísimos, fotografiándose en poses muy específicas para subirlas a un fotolog y acumular comentarios y visitas. Sonará familiar, ¿verdad? Cambien «fotolog» por «TikTok» y «comentarios» por «aura», y la estructura es exactamente la misma.

Y si nos vamos todavía más atrás en el tiempo, encontramos un paralelo casi inquietante: en Estados Unidos, durante los años veinte y treinta, existieron los llamados «maratones de baile», donde jóvenes bailaban durante horas, a veces días enteros, frente a un público que los observaba, con tal de ganar algo de dinero, algo de fama, algo de reconocimiento en medio de una época difícil. Personas paradas en el centro de un círculo de desconocidos, aguantando el cansancio y la vergüenza, solo para ser vistas. Cien años después, cambiamos el maratón de baile por una plaza y una batalla de aura, pero el impulso humano detrás es exactamente el mismo.

Superconectados, pero el proceso es el mismo de siempre

Lo que sí es distinto hoy es el nivel de exposición: nuestros hijos crecen superconectados, con la posibilidad de que cualquier cosa que hagan se vuelva pública, viral, comentada por miles de desconocidos en minutos. Eso genera una sensación de urgencia y de riesgo que nosotros, a su edad, no vivíamos con la misma intensidad.

Pero el proceso de fondo —la necesidad de experimentar con la identidad, de pertenecer a un grupo, de probar límites, de llamar la atención de alguna manera— es parte normal y esperable de la adolescencia. Ha existido en cada generación, con su propia estética y su propio vocabulario. Lo que cambia es la forma. Lo que se mantiene igual es la búsqueda.

El problema no es la tendencia. Es cómo decidimos juzgarla

Aquí está lo que más me preocupa, honestamente, más que cualquier tendencia viral: la facilidad con la que hoy formamos una opinión completa sobre algo que ni siquiera investigamos a fondo. Vemos un titular, un video de dos minutos de algún creador de contenido que nos dice «esto es peligroso» o «esto está mal», y ya está: nos quedamos con esa versión, sin indagar más, sin buscar otras miradas, sin contrastar la información.

Y lo más llamativo es que, muchas veces, ni siquiera se lo preguntamos directamente a nuestros propios hijos. No les preguntamos qué opinan ellos de la tendencia. No les preguntamos si participan o no, y por qué. No les damos la oportunidad de explicarnos, con sus propias palabras, qué sienten cuando hacen esto, o si simplemente lo ven pasar sin involucrarse.

Formamos una opinión sobre la vida de nuestros hijos basándonos en el algoritmo de un desconocido, antes que en una conversación real con ellos.

Una invitación, no un regaño

No se trata de aprobar todo lo que hacen nuestros hijos sin ningún filtro, ni de fingir que no existen riesgos reales en algunas tendencias que sí merecen atención y límites. Se trata de algo más simple, y a la vez más difícil: antes de alarmarnos, preguntar. Antes de juzgar, indagar. Antes de repetir lo que dijo el primer influencer que se cruzó en nuestro camino, buscar más de una fuente, y sobre todo, sentarnos con nuestros propios hijos a escuchar qué piensan ellos.

Porque quizás, si lo hacemos, descubramos que detrás de «farmear aura», o de cualquier otra moda que hoy nos parezca absurda, hay exactamente lo mismo que había detrás de nuestras crestas punk, nuestra ropa negra de gótico adolescente, o nuestras fotos de flogger con el flequillo perfecto: una generación entera tratando de entender quién es, en voz alta, frente a los demás, esperando que alguien la mire con atención en lugar de con juicio.

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