cómo acompañar a la infancia venezolana en este momento

El 24 de junio la tierra se partió en Venezuela. Dos terremotos, treinta y nueve segundos de diferencia, y un país que ya venía cargando demasiado quedó con miles de familias rotas, cientos de niños sin saber dónde están sus padres, y otros tantos que perdieron su casa, su escuela, su rutina, su sensación de que el mundo es un lugar que sostiene.

No voy a escribir este artículo desde la distancia clínica. Lo escribo desde aquí, desde una madre venezolana que ve esto en su teléfono todos los días, que conoce esas calles, ese olor a tierra después de la lluvia, esas plazas. Y lo escribo, sobre todo, porque hay algo que necesitamos decirnos con toda la claridad posible: a los niños no se les protege ocultándoles la realidad. Se les protege acompañándolos dentro de ella.

Este artículo es largo porque el tema lo merece. Va dirigido a dos grupos de niños que, aunque viven realidades distintas, comparten algo profundo: están absorbiendo un trauma colectivo y necesitan adultos capaces de sostenerlos sin minimizar lo que está pasando.

Los niños que están viviendo el terremoto de cerca

Hablamos de niños que perdieron su casa, que están en refugios improvisados, que vieron derrumbarse un edificio, que pasaron horas sin saber si su mamá o su papá estaban vivos. Y hablamos también, con el peso que esto merece, de los niños que quedaron sin nadie: que están en hospitales o refugios sin un adulto de referencia porque sus padres murieron, están desaparecidos, o están gravemente heridos.

Esto no es una situación que un niño pueda procesar solo, ni siquiera con la mejor de las intenciones de quien lo rodea. Necesita estructura, presencia y verdad.

Lo que un niño necesita en las primeras semanas

La psicología de catástrofes coincide en algo que parece simple pero que cambia todo: antes de hablar de emociones, hay que devolverle al niño una sensación básica de seguridad. Eso significa rutinas, aunque sean mínimas. Un horario de comida, aunque sea en un refugio. Un adulto que se queda cerca. Un objeto conocido —un peluche, una manta, lo que sea que sobrevivió— puede convertirse en un ancla cuando todo lo demás cambió.

Es normal, y hay que decirlo así, sin alarmarse: en las semanas siguientes a un terremoto de esta magnitud aparecen regresiones evolutivas. Niños que ya no se hacían pipí en la cama y vuelven a hacerlo. Niños que necesitan chupete otra vez. Niños que no se separan de un adulto ni para ir al baño. Esto no es un retroceso preocupante en sí mismo: es el cuerpo de un niño tratando de volver a sentirse seguro de la única forma que sabe.

También son comunes el llanto fácil, la irritabilidad, las pesadillas, el dolor de cabeza o de estómago sin causa médica clara, y la evitación de cualquier cosa que les recuerde el momento del temblor. Todo esto es una respuesta normal a algo que no es normal. El problema no es que aparezcan estos síntomas; el problema es no saber qué hacer con ellos.

Qué hacer (y qué no hacer) con un niño que vivió el terremoto

Sí: explicar lo que pasó con palabras simples y verdaderas. «La tierra se movió muy fuerte y algunas casas se cayeron. Mucha gente está ayudando ahora a arreglar las cosas.» No hay que dar detalles gráficos, pero tampoco hay que mentir.

No: forzarlo a contar lo que vivió con detalle. Repetir el relato del momento traumático una y otra vez no «saca» el trauma, lo reactiva. Si el niño quiere hablar, se escucha. Si no quiere, no se presiona.

Sí: permitir el llanto y la tristeza por lo que se perdió. Una casa, un juguete, una mascota, un amigo, una forma de vida. Decirle «no llores, ya pasó» no ayuda. Decirle «es muy triste lo que perdiste, y yo estoy aquí» sí ayuda.

No: decir que «todo va a estar bien» si no es verdad. Esta es quizás la frase más repetida y más dañina en estos contextos. En el caso de Venezuela, con un país que ya tenía un sistema de salud deteriorado, con la incertidumbre de la reconstrucción y con la magnitud de lo perdido, decir «todo va a estar bien» no consuela: le enseña al niño que los adultos minimizan lo que él está sintiendo y viendo. Lo que sí ayuda es algo más honesto: «esto es muy difícil ahora, y vamos a atravesarlo juntos, paso a paso.»

Sí: cuidar el cuerpo del niño. El estrés agudo se vive también físicamente. Dormir, comer lo que haya disponible, moverse, tener contacto físico tranquilo (abrazos, sostener la mano) regula el sistema nervioso de un niño mucho más rápido que cualquier palabra.

Los niños que quedaron sin familia: refugios y hospitales

Esta es la parte más dura de escribir, y la más urgente. Hay niños en Venezuela ahora mismo en hospitales o refugios sin un adulto de referencia, porque sus padres murieron, están desaparecidos o están gravemente heridos en otro lugar. Para estos niños, lo que más importa en lo inmediato no es la terapia: es que alguien constante se quede a su lado. Un protocolo claro de protección infantil reconoce que la prioridad inmediata es identificar a un cuidador temporal estable —un familiar, un vecino, una organización de protección de menores— antes que cualquier intervención psicológica formal.

Si tienes contacto con alguno de estos niños, aunque sea de forma indirecta —familia, vecinos, voluntariado—, esto es lo que la evidencia clínica recomienda:

  • No lo dejes solo en ningún momento que puedas evitar. La soledad física en medio del caos es lo que más profundiza el trauma.
  • No le insistas en que hable de sus padres si no lo trae él. Cuando lo haga, valida: «Es normal que los extrañes muchísimo. Te voy a acompañar mientras encontramos quién pueda cuidarte.»
  • Evita las preguntas directas sobre lo que vio. Si necesita contarlo, lo hará a su tiempo.
  • Busca apoyo profesional especializado en crisis infantiles a través de organismos como UNICEF, Save the Children o Médicos Sin Fronteras, que ya tienen equipos desplegados en territorio venezolano.
  • Si eres tú quien está acogiendo temporalmente a uno de estos niños: prioriza la rutina sobre la explicación. Comidas a horas fijas, un lugar definido para dormir, momentos de juego simple. La estructura es, en este momento, más sanadora que cualquier conversación.

Los niños que están viendo todo esto desde lejos, sin haberlo vivido directamente

Aquí está la parte que muchas familias dentro y fuera de Venezuela están pasando por alto: los niños que no estuvieron en el terremoto pero que están absorbiendo toda esta información a través de las pantallas, las conversaciones de los adultos, la angustia que se respira en casa.

Un niño no necesita haber vivido el desastre para traumatizarse con él. La exposición repetida a imágenes de destrucción, combinada con la angustia visible de los adultos que ama, puede generar una versión real de estrés traumático en un niño que físicamente está a salvo.

Señales de que tu hijo está absorbiendo esto, aunque no lo diga

  • Preguntas repetidas sobre si «aquí también puede pasar»
  • Miedo nuevo a dormir solo, a la oscuridad, a ruidos fuertes
  • Querer ver las noticias o, al contrario, evitarlas con ansiedad visible
  • Dibujos o juegos que de repente incluyen derrumbes, temblores, separaciones
  • Irritabilidad o tristeza sin causa aparente
  • Preguntas sobre la muerte más frecuentes de lo habitual

Qué hacer con estos niños

Limita, no elimines, la exposición a las noticias. Un niño no necesita ver imágenes de cuerpos, derrumbes o llanto en vivo. Pero tampoco hay que prohibirle saber lo que está pasando si ya lo sabe, porque eso genera más ansiedad por lo que imagina que por lo que es real.

Habla tú primero. Antes de que lo escuche en el patio del colegio o en una conversación de adultos, dile lo que sabes con tus propias palabras, adaptadas a su edad. «Hubo un terremoto muy fuerte en Venezuela. Murió mucha gente y muchas familias perdieron su casa. Es muy triste, y mucha gente está ayudando ahora.»

No minimices su preocupación aunque esté lejos del lugar. Si tu hijo está angustiado por algo que ve en una pantalla, decirle «tú no tienes nada que ver con eso, no te preocupes» no lo calma: lo invalida. Mejor: «Es normal sentirse triste o asustado al ver esto, aunque no esté pasando aquí. ¿Quieres contarme qué es lo que más te preocupa?»

Dale algo que pueda hacer. La impotencia es uno de los sentimientos más difíciles de sostener, también para un niño. Dibujar algo para enviar, ayudar a elegir ropa para donar, hacer una alcancía familiar para una organización de ayuda: convertir la angustia en una acción concreta, aunque sea pequeña, le devuelve al niño una sensación de agencia.

Cuida tu propia reacción. Los niños regulan su nivel de alarma observando el de los adultos que los rodean. Si tú estás viendo las noticias con el cuerpo en tensión constante, llorando sin contención delante de él, o hablando del tema en un tono de pánico, tu hijo absorberá ese nivel de amenaza aunque nadie le explique nada. Esto no significa que no puedas llorar o sentir delante de tus hijos —al contrario, mostrar emoción real es sano—, pero sí significa buscar tus propios espacios de desahogo (con otro adulto, en terapia, escribiendo) para no convertir a tu hijo en el único receptor de tu angustia.

Una nota final, sin maquillaje

No voy a cerrar este artículo diciéndote que todo se va a recuperar, porque en el caso de Venezuela eso no es una certeza que pueda darte con honestidad. Las casas que se cayeron probablemente no se reconstruirán pronto. El sistema de salud que ya estaba debilitado tendrá que cargar con esto durante años. Hay pérdidas —de personas, de lugares, de la sensación de que el suelo bajo los pies es estable— que no se «superan» con una frase bonita.

Lo que sí puedo decirte, porque la evidencia clínica lo respalda con fuerza, es esto: los niños que tienen al menos un adulto constante, honesto y presente a su lado durante una crisis tienen significativamente más probabilidades de atravesarla sin que el trauma se convierta en algo crónico. No necesitas tener todas las respuestas. Necesitas estar ahí, decir la verdad con cuidado, y no soltarles la mano.

Eso, en medio de un desastre así, ya es muchísimo.


Si tú o alguien de tu familia está atravesando un duelo o un trauma relacionado con esta tragedia, buscar apoyo psicológico profesional no es un lujo, es una necesidad legítima. Organizaciones como Médicos Sin Fronteras, UNICEF Venezuela y Save the Children tienen equipos de salud mental desplegados en territorio. Si estás fuera del país y necesitas apoyo emocional, muchos colegios de psicólogos ofrecen primeras consultas gratuitas en situaciones de catástrofe colectiva.

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