Hay una sensación muy particular, casi difícil de explicarle a quien no la ha vivido: la de estar detenido en el tiempo mientras todo a tu alrededor sigue avanzando sin pedirte permiso.
Tienes que salir a trabajar. Tienes que sonreír en una reunión. Tienes que seguir dando lo mejor de ti, aunque por dentro sientas que una parte tuya se quedó atrapada en las noticias de hace unos días. Y mientras tanto, ves a la gente celebrando cosas completamente ajenas a tu dolor: un triunfo deportivo, una fiesta, una vida cotidiana que para ellos sigue exactamente igual que siempre.
Y ahí aparece un miedo muy concreto, muy humano, y muy difícil de nombrar en voz alta: el miedo a que todos se hayan olvidado de lo que pasó en tu país.
La incomodidad de seguir funcionando
Nadie te prepara para lo extraño que se siente tener que continuar con la rutina mientras tu país todavía está de luto. Ir al supermercado. Responder correos de trabajo. Reírte, aunque sea un poco, de algo gracioso que pasó en el día. Y sentir, casi de inmediato, una especie de culpa por haberte permitido ese instante de normalidad.
Pero esto no es indiferencia. Es la ley de la supervivencia. El cuerpo y la mente necesitan seguir funcionando, aunque el corazón todavía esté procesando una pérdida enorme. No es que hayamos dejado de sentir. Es que no podemos sostenernos indefinidamente en el mismo punto de quiebre sin que eso también nos destruya a nosotros.
Seguir adelante no es una traición a lo que está pasando allá. Es, muchas veces, la única forma de tener fuerzas para seguir ayudando a largo plazo.
El miedo a que el mundo lo olvide
Este miedo es real, y es válido. Las noticias avanzan rápido. Los titulares cambian. Lo que hoy es la primera plana, en unas semanas pasa a ser un párrafo pequeño, y luego, silencio. Es lógico sentir pánico ante la idea de que, mientras nosotros seguimos cargando este dolor todos los días, el resto del mundo ya haya pasado la página.
Pero la realidad, aunque no siempre se vea en los titulares, es otra. Hay personas que en este mismo momento siguen organizando donaciones. Hay quienes están pensando activamente en cómo volver, en cómo ayudar a su familia desde la distancia o desde la presencia física. El apoyo no se apagó solo porque las cámaras se movieron hacia otra noticia. Simplemente se volvió menos visible, más silencioso, pero no menos real.
Lo que la historia de Venezuela ya nos enseñó
Y aquí hay algo importante que no podemos olvidar: esta no es la primera vez que Venezuela enfrenta una tragedia de esta magnitud, y tampoco es la primera vez que se levanta después de una.
El terremoto de 1967 en Caracas dejó una huella profunda en toda una generación. La tragedia de Vargas, en 1999, con esa vaguada devastadora, marcó para siempre a miles de familias venezolanas. En ambos casos, el camino hacia la reconstrucción fue lento, doloroso, y estuvo lejos de ser perfecto. Pero llegó.
Hoy, décadas después, sigue habiendo memoria de esos eventos, sigue habiendo comunidades reconstruidas, sigue habiendo un país que, a pesar de todo, continuó adelante.
Por qué esta vez podemos tener una esperanza distinta
Lo que tenemos hoy que no teníamos en 1967 ni en 1999 cambia el panorama de una forma importante. Existen las redes sociales, que permiten organizar ayuda, visibilizar necesidades y conectar a la diáspora con quienes están en el terreno de una forma instantánea, algo impensable hace unas décadas. Existen recursos tecnológicos y maquinaria moderna que agilizan procesos de rescate y reconstrucción que antes tomaban muchísimo más tiempo. Y existe, quizás lo más importante, una visión distinta sobre lo que Venezuela puede llegar a ser, sostenida por generaciones enteras dentro y fuera del país que no se han rendido en la idea de un país mejor.
Esto no significa que el proceso vaya a ser fácil ni rápido. La historia nos enseña que la reconstrucción real toma tiempo, mucho más del que quisiéramos. Pero también nos enseña que, con voluntad, con organización y con memoria, se puede llegar al otro lado.
Continuar no es olvidar
Si hoy sientes que el mundo sigue girando mientras tú te quedaste detenido, quiero decirte que no estás solo en sentir eso. Y que seguir adelante ir a trabajar, sonreír, vivir tu vida cotidiana no borra ni minimiza lo que está pasando en Venezuela. Es, simplemente, la forma en que los seres humanos logramos sostener el dolor sin que este nos consuma por completo.
La convicción de que esto no se va a quedar así, de que Venezuela va a levantarse, así como se levantó antes, no depende de que el mundo entero mantenga los ojos puestos en nuestro país todos los días. Depende de nosotros: de los que seguimos organizando ayuda, de los que seguimos soñando con volver, de los que seguimos creyendo, con una voluntad de acero, que Venezuela merece convertirse en el país que todos los venezolanos sabemos que puede ser.