Hay años escolares que simplemente hay que sobrevivir.

Este ha sido uno de esos años.

No lo digo con resignación. Lo digo con la claridad que da llegar al final de algo difícil y poder mirarlo desde cierta distancia, aunque todavía duela. Lo digo como madre que ha visto a su hijo crecer este año de una manera que nadie hubiera elegido para él, pero que ha pasado igualmente. Como una planta sin tutor, creciendo hacia todos los lados a la vez, buscando la luz como puede, sin que nadie le ponga un palo que le ayude a subir recto.

Y lo digo también como madre que ha tenido que sentarse a escuchar de la boca de su hijo adolescente, que tiene toda la vida por delante, las palabras más pesadas que he oído en mucho tiempo: «Mamá, estoy cansado.»

No cansado de dormir poco. Cansado de verdad. Ese cansancio que no se va con una noche de descanso.

Lo que nadie te cuenta sobre la adolescencia dentro de un sistema que no está preparado

La adolescencia ya es de por sí un territorio complicado. El cerebro en construcción, las emociones a flor de piel, la identidad que se busca a tientas, los errores que son parte obligatoria del proceso. Todo eso es normal. Todo eso es esperable. Todo eso merece acompañamiento.

Lo que no es normal, lo que no debería ser esperable, es que el lugar donde tu hijo pasa más horas al día se convierta en el origen del daño en lugar del espacio de crecimiento.

Mi hijo no llegó al instituto siendo un problema. Llegó siendo un adolescente. Con lo que eso implica: ruido, movimiento, necesidad de atención, ganas de conectar con los demás, dificultad para estar quieto cuando algo no le interesa, tendencia a hablar cuando debería escuchar. Cosas que en mi época se resolvían con doscientas líneas de «no debo hablar en clase» y un poco de sentido común.

Lo que encontró fue otra cosa.

El parte como arma, no como herramienta

Quiero hablar del parte disciplinario. No porque sea el único problema, sino porque se ha convertido en el símbolo de todo lo que está mal en cómo algunos centros gestionan a los adolescentes que se salen del molde.

El parte, en teoría, es un instrumento de comunicación. Una forma de registrar una conducta que necesita atención y de abrir un diálogo entre el centro, la familia y el alumno.

En la práctica, y esto lo he vivido en primera persona, se ha convertido en un arma de control por miedo. El mensaje que llega al adolescente no es «tu comportamiento necesita ajustarse». El mensaje que llega es «un parte más y te expulso, otro y no vas al viaje de fin de curso, otro y quedas marcado ante todos los profesores.»

¿Por hablar en clase? Sí. Por hablar en clase.

No por agredir a alguien. No por poner en peligro a nadie. Por hablar. Por ser adolescente en un aula donde la única respuesta que el sistema tiene para eso es la amenaza, la exclusión y el expediente.

Hay algo profundamente roto en un sistema que su única herramienta de contención es echar al alumno fuera. Literalmente fuera. Del aula. Del centro a veces. En días de evaluación. Después de haber llegado desde lejos. Sin preguntarse qué está pasando debajo de esa conducta que tanto molesta.

Lo que duele más que cualquier parte: la falta de empatía

Podría hablar de los métodos pedagógicos obsoletos, de las fórmulas de física que se enseñan sin explicar para qué sirven ni de dónde vienen, de un sistema que sigue pidiendo que los alumnos repitan en lugar de comprender, que memoricen en lugar de pensar, que se adapten en lugar de ser reconocidos.

Todo eso es verdad y merece su conversación.

Pero lo que más duele, lo que se queda, no es el método. Es la ausencia de mirada humana.

Un profesor no necesita tener respuesta para todo. No necesita saber manejar cada situación compleja con maestría. Pero sí necesita mirar al alumno que tiene delante y preguntarse: ¿qué le está pasando? Antes de firmar un parte, antes de cerrarle la puerta en la cara, antes de señalarlo delante de sus compañeros como el que siempre da problemas.

Mi hijo ha pasado este año bajo una presión que ningún adolescente debería soportar. No la presión del esfuerzo o del aprendizaje, que esa es necesaria y buena. La presión del miedo. Del «si te equivocas una vez más, las consecuencias serán estas.» La presión de sentirse observado con lupa no para ser ayudado sino para ser pillado.

Y eso tiene un nombre. Se llama falta de empatía. Y cuando la ejerce un adulto en posición de autoridad sobre un adolescente que ya está en un momento vulnerable, el daño que hace no se ve en el parte disciplinario. Se ve en los ojos de tu hijo cuando llega a casa. Se ve en ese «estoy cansado» que no es físico.

El sistema que enseña fórmulas sin contexto y castiga sin comprensión

Vivimos en 2026. La información está en el bolsillo de cualquier persona de doce años. Un adolescente puede aprender sobre relatividad especial viendo un vídeo de doce minutos en YouTube, puede entender la Segunda Guerra Mundial a través de un documental interactivo, puede desarrollar habilidades de programación con tutoriales gratuitos online.

Y sin embargo seguimos con un sistema que le pide que copie fórmulas de la pizarra, las memorice sin entender de dónde vienen ni para qué sirven, y las reproduzca en un examen. Y si no lo hace bien, suspende. Y si suspende y se frustra, habla en clase. Y si habla en clase, parte.

El problema no es el adolescente. El problema es que le estamos pidiendo que se adapte a un método que ni siquiera funciona para enseñar lo que pretende enseñar. Que ignora completamente sus fortalezas. Que trata la curiosidad y la energía como obstáculos en lugar de recursos.

No hay en este sistema espacio para el alumno que aprende tocando, para el que necesita entender el porqué antes de poder memorizar el cómo, para el que se aburre cuando no le encuentras el sentido a algo y expresa ese aburrimiento de la única manera que sabe: moviéndose, hablando, buscando atención.

Ese alumno no es un problema. Es un alumno al que el sistema no sabe enseñar. Y la diferencia entre esas dos cosas es enorme.

Lo que sí ha pasado este año, aunque duela reconocerlo

Este año ha sido duro. Pero también ha pasado algo más.

Mi hijo ha crecido. No de la manera en que uno imagina que sus hijos crecen. No limpio, no recto, no ordenado. Ha crecido como crece algo que no tiene apoyo externo: hacia todos los lados, buscando su propia estructura, cometiendo errores que eran necesarios aunque dolieran, encontrando sus límites a golpes.

Y en medio de todo eso, en los peores momentos, ha hecho algo que no me esperaba: ha pedido un abrazo.

No ha cerrado la puerta. No ha dejado de hablar conmigo. Ha llegado a casa con todo ese peso encima y ha buscado refugio donde sabía que lo iba a encontrar.

Eso no lo ha enseñado el instituto. Eso es lo que llevamos años construyendo juntos, despacio, con errores propios y ajenos. Y este año, bajo toda esa presión, ha aguantado.

Eso dice más de él que cualquier expediente disciplinario.

Lo que les diría a los profesores que leen esto

No todos los profesores son lo que he descrito aquí. Lo sé. Hay docentes extraordinarios que aman lo que hacen y que ven a sus alumnos de verdad. Este artículo no va por ellos.

Va por los que han olvidado, o quizás nunca supieron, que detrás de cada alumno que da guerra hay algo que no está bien. Que la conducta disruptiva no es la enfermedad, es el síntoma. Que un adolescente que habla en clase, que no para quieto, que desafía la autoridad, no lo hace porque sea malo sino porque algo no cuadra, ya sea en casa, ya sea en el aula, ya sea en su cabeza.

Un parte no resuelve eso. Una expulsión tampoco. Lo que lo resuelve es la mirada. La pregunta. El momento en que un adulto se sienta al lado de ese alumno y le dice, sin agenda, sin amenaza: «¿Qué está pasando contigo?»

Eso cuesta cero euros. Cuesta tiempo y disposición. Y cambia cosas que ninguna sanción puede cambiar.

Lo que les diría a las madres que están en lo mismo

Si estás leyendo esto y te reconoces, si este año también ha sido un año de partes, de llamadas del colegio, de reuniones incómodas, de noches preguntándote qué estás haciendo mal, necesito que escuches esto:

No lo estás haciendo mal.

Tienes un hijo adolescente en un sistema que no está diseñado para él. Un sistema que fue construido para otro tiempo, para otras necesidades, para un mundo que ya no existe. Y tú estás en el medio, entre tu hijo y ese sistema, intentando protegerle sin que la protección se convierta en sobreprotección, intentando que aprenda sin que el aprendizaje se convierta en sufrimiento.

Que te busque para el abrazo significa que lo estás haciendo bien donde más importa. El vínculo es lo que aguanta todo lo demás. Es lo que hace que al final del año, después de todo, tu hijo siga estando ahí, contigo, cansado pero no roto.

El año que viene será diferente. Tú sabrás por qué.

¿Has vivido algo parecido con tu hijo en el sistema educativo? ¿Sientes que el colegio acompaña o complica? Cuéntamelo. Adriana y yo leemos todo, y este es exactamente el tipo de conversación que necesitamos tener más alto y más claro.

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