Hay palabras que se ponen de moda en el mundo de la maternidad y que de repente aparecen en todas partes. En los grupos de WhatsApp, en los podcast, en los perfiles de Instagram de coaches y psicólogas. Palabras que empiezan siendo una idea y terminan siendo casi una obligación.

«Tribu» es una de ellas.

Y yo llevo tiempo sin terminar de sentirme cómoda con ella. No con la idea de fondo, que creo que tiene mucho de verdad y de necesario. Sino con la palabra en sí. Con lo que carga. Con lo que implica sin decirlo.

Me he preguntado varias veces si soy la única que se resiste. Y cuanto más lo pienso, más creo que no.

De dónde viene la palabra y por qué importa

«Tribu» en el contexto de la crianza se usa como metáfora de comunidad. Se popularizó a partir del proverbio africano que seguramente has escuchado: «Para criar a un niño hace falta una tribu entera.» Una idea preciosa, generosa, que apunta a algo real: que criar en soledad es agotador, que necesitamos a otros, que los niños se benefician de crecer rodeados de adultos de referencia más allá de sus padres.

Todo eso es cierto. Pero la metáfora tiene un problema: antes, el tejido comunitario nacía de la necesidad material. La tribu histórica no era una elección consciente de crianza alternativa. Era la única forma de sobrevivir. Las personas se cuidaban mutuamente porque si no lo hacían, morían. No había opción.

Cuando tomamos esa palabra y la trasladamos al siglo veintiuno, a una madre urbana con trabajo, con agenda, con móvil, con vida propia y compleja, algo no termina de encajar. No porque la necesidad de comunidad no sea real, que lo es más que nunca. Sino porque estamos usando una palabra que pertenece a otro mundo, a otra forma de organización social, y la estamos convirtiendo en una tendencia con hashtag.

Y las tendencias con hashtag en maternidad me ponen en guardia. Siempre.

Lo que la crianza en comunidad tiene de verdad

Dicho esto, quiero ser honesta: la idea de fondo es necesaria y urgente.

Nuestra sociedad urbana, con tendencias al aislamiento, genera dificultades para el apoyo recíproco que generalmente comparten los padres cuando se encuentran e interactúan. La noción de que los problemas propios no son únicos, que otros tienen situaciones similares, ayuda a disminuir el estrés del aislamiento emocional.

Criar solas, o casi solas, es una epidemia silenciosa. Las abuelas están lejos o trabajando. Las vecinas ya no se conocen. Las amigas sin hijos no terminan de entender. Los grupos de WhatsApp del colegio son útiles para los comunicados pero no para el alma.

La soledad materna es real. Y cualquier cosa que ayude a romperla merece atención.

Los beneficios de criar con red son innegables: los niños que crecen con varios adultos de referencia tienen más modelos de conducta, más recursos emocionales, más sensación de seguridad. Las madres que forman comunidad se sienten menos juzgadas, más acompañadas, más capaces. Compartir la crianza, aunque sea puntualmente, alivia una carga que en la familia nuclear recae sobre muy pocas personas.

Eso es real. Y lo defiendo.

Lo que me genera resistencia

Pero hay otra cara. Y creo que vale la pena mirarla.

Lo primero es el problema de los límites. Una tribu, por definición, tiene fronteras. Hay los que están dentro y los que están fuera. Y en crianza eso puede volverse, sin que nadie lo pretenda, una forma de presión social: si no crías «en tribu», si no tienes tu red, si prefieres una maternidad más íntima y privada, ¿qué eres? ¿Una madre aislada? ¿Una madre que lo hace mal?

La tendencia tiene el riesgo de crear un nuevo mandato. Antes el mandato era críate sola y no pidas ayuda, que eso era debilidad. Ahora parece que el mandato emergente es construye tu tribu, y si no la tienes, algo falla. Con cada nuevo concepto en crianza se corre el riesgo de instalar una nueva forma de certeza que deja poco lugar para el deseo, la duda o el silencio.

Lo segundo es la romantización. Hablar de «tribu» evoca algo orgánico, ancestral, sin conflictos. Pero la convivencia entre familias con hijos, con valores distintos, con formas de poner límites distintas, con dinámicas de pareja distintas, genera fricción. Mucha. Y esa fricción raramente aparece en los posts de Instagram sobre crianza en tribu.

Lo tercero, y esto es lo que más me cuesta, es la apropiación de un modelo que no es nuestro. Las comunidades indígenas que criaban en colectivo no lo hacían como proyecto de vida alternativo. Era su cultura, su estructura social, su historia. Tomar esa imagen y convertirla en una tendencia de maternidad consciente en ciudades europeas o latinoamericanas tiene algo que me resulta, como mínimo, incómodo.

Entonces, ¿qué necesitamos realmente?

Creo que lo que las madres necesitamos no es una tribu. Es una red.

La diferencia no es semántica. Una tribu implica pertenencia total, identidad grupal, fronteras. Una red implica conexión sin fusión. Puedes tener nodos distintos, relaciones de distinta intensidad, personas que entran y salen, apoyo sin dependencia.

Una red puede ser tu familia, pero también la madre del colegio con la que te llevas bien, la amiga de toda la vida que no tiene hijos pero te escucha sin juzgar, la psicóloga que te acompaña, la comunidad online donde encuentras respuestas a las tres de la mañana, la vecina que un día recoge a tu hijo porque tú no llegas.

Eso es lo que tengo yo. No es una tribu. Es una red imperfecta, asimétrica, que a veces falla y a veces aparece justo cuando más la necesito. Y me parece mucho más honesto llamarla así.

Lo que sí podemos hacer para construirla

Porque la conclusión no es que estemos mejor solas. La conclusión es que necesitamos comunidad, pero podemos construirla sin romantizarla y sin convertirla en otro estándar de crianza que cumplir.

Algunas ideas concretas:

Busca una persona, no un grupo. El grupo puede agotar. Una persona de confianza con quien hablar sin filtros vale más que un grupo de veinte madres donde todo el mundo proyecta su mejor versión.

Sé honesta sobre lo que puedes dar. La comunidad funciona cuando hay reciprocidad real, no cuando una persona da siempre y otra recibe siempre. Antes de buscar apoyo, pregúntate qué puedes ofrecer tú.

No confundas comunidad online con comunidad real. Los grupos de Instagram y WhatsApp pueden ser un primer contacto, pero no pueden reemplazar la presencia física, el abrazo, la persona que aparece.

Amplía la definición de familia. La familia no tiene que ser de sangre para ser real. Los vínculos elegidos, construidos con tiempo y confianza, pueden ser tan sólidos como los biológicos.

Protege tu espacio. Una red sana tiene límites. No tienes que estar disponible para todos todo el tiempo. Saber decir que no es parte de construir una comunidad sostenible.

Una última reflexión

Quizás mi resistencia a la palabra «tribu» es, en el fondo, resistencia a que me digan cómo tiene que llamarse lo que construyo. A que una tendencia decida qué forma tiene que tener mi comunidad, quiénes la componen, y con qué nombre debo referirme a ella.

Lo que sé es que no quiero criar sola. Pero tampoco quiero criar dentro de una etiqueta.

Quiero criar rodeada de personas que me quieren a mí y quieren a mis hijos. Sin nombre bonito, sin hashtag, sin manual. Solo personas haciendo lo que pueden.

Eso, para mí, es suficiente.

¿Tú usas la palabra tribu? ¿Te incomoda o te identifica? Me encantaría saber qué piensan otras madres. Cuéntame en los comentarios.

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