Hace unos días me pasó algo que no esperaba.
Estaba mirando Instagram como cualquier tarde, sin prisa, y de repente empecé a ver publicaciones del Día de Canarias. Fotos de puchero, de plátano con gofio, de gofio escaldado. Y música. Esa música que yo reconocía sin saber que la recordaba.
No me di cuenta en qué momento empecé a cantarla. Simplemente estaba ahí, sonando en mi cabeza como si nunca se hubiera ido.
Y lloré.
No fue un llanto de tristeza, o no solo eso. Fue ese llanto raro que te agarra cuando algo te devuelve a un lugar que creías que llevabas contigo pero que en realidad habías guardado en un cajón hace mucho tiempo. Lloré de alegría y de nostalgia al mismo tiempo, que en Venezuela a eso lo llamamos guayabo, y es exactamente lo que sentí.
Porque yo nací en Venezuela, pero mis padres son españoles. Mi madre, de Madrid. Mi padre, canario. Así que cuando me tocó emigrar, España no era del todo un país extraño. Era algo que yo llevaba en la sangre sin haberlo vivido del todo. Llevo casi diez años aquí y me siento acogida, de verdad. Pero ese día, viendo esas publicaciones, no estaba pensando en España. Estaba en una reunión familiar en Venezuela, rodeada de mis abuelos y mis tíos, en una de esas casas donde siempre «éramos como doce» para ir a cualquier sitio.
Recordé todo eso. Y se me fue el alma a otro lado.
Pero la nostalgia es traicionera porque no te deja ahí, en lo bonito. Te lleva un paso más lejos, hacia la pregunta incómoda
Y la pregunta que me hice ese día fue esta: ¿qué sabe mi hijo menor de Venezuela?
Empecé a hacer el inventario en mi cabeza. Empanadas, sí. Cachapas, también. Tequeños, por supuesto, esos nunca fallan. Pero, ¿reconocería un joropo si lo escuchara? ¿Sabría qué es un polo margariteño? ¿Movería el cuerpo solo con oír los tambores?
La respuesta honesta es que probablemente no.
Y eso me dolió de una manera que no había sentido antes. No porque él tenga la culpa de nada —qué culpa va a tener, si creció aquí, si su mundo es este—, sino porque me di cuenta de que ese país que es tan mío como suyo se le está desdibujando. Despacio, sin drama, sin que nadie lo note. Simplemente se va.
Hay una cosa que nadie te explica bien antes de emigrar: que cuando te vas, llevas el país contigo, pero tus hijos no. Tus hijos nacen en otro lugar, o crecen en otro lugar, y ese lugar es el suyo. Eso es natural y está bien. Pero también hay algo en eso que, si no haces nada, termina con una ruptura silenciosa. Una generación que no sabe de dónde viene, o que lo sabe como dato, pero no como cosa viva.
Yo no quiero eso.
No digo que mi hijo tenga que ser venezolano antes que nada, ni que tenga que sentir Venezuela como yo la siento, que al fin y al cabo yo la viví y él no. Pero sí quiero que la tenga. Que la conozca. Que cuando algún día escuche esa música, algo le retumbe por dentro aunque no sepa exactamente por qué.
Quiero que su venezolanidad no sea una nota al pie de su historia sino parte del texto.
Así que me puse a pensar en qué está en mi mano hacer. Poner música cuando cocinamos. Cocinar las cosas que huelen a allá, aunque el pabellón con caraotas requiera su tiempo y aquí no siempre encuentro todo lo que necesito. Contarle historias de mis abuelos como quien cuenta cuentos, no como quien da una clase. Buscar esas canciones y ponerlas en el coche, a ver qué pasa.
Son cosas pequeñas. Pero son las únicas cosas que funcionan, creo yo. No los discursos ni las explicaciones. Las canciones que se te meten solas. El olor de una comida que te lleva a otro tiempo. La historia que escuchaste diez veces y que un día, de mayor, de repente entiendes.
Eso fue lo que me devolvieron unas publicaciones de gofio en un día cualquiera.
Y por eso no me voy a quedar quieta.
¿Tú también emigraste y tienes hijos que crecen lejos de tu país de origen? Me encantaría saber cómo lo manejas. Puedes contármelo en los comentarios o escribirme directamente.